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Estrellas azules de mar

Ella

Ella

  Se despertó sobresaltado a media noche. Escudriño a través de las ranuras de la persiana con la intención de averiguar más o menos qué hora era, pero todo estaba oscuro, y apenas llegaba el resplandor de una farola. Agudizó el oído. De vez en cuando le llegaba como un goteo el sonido de algún coche madrugador. Tras varios segundos de confusión se giró, y la vio a su lado entre las sábanas, como siempre. Respiró aliviado y como para terminar de calmarse empezó a explicarse:

-          Perdona si te he despertado, cariño, he tenido un sueño muy extraño. – Tenía la esperanza de que le preguntara qué le había pasado, pero ella, lo ignoró y permaneció impasible. Tras esperar una respuesta susurró – Es igual, descansa.

   Permaneció despierto pensando en qué le había asustado, intentando recordar el sueño.  Se veía a sí mismo de niño en un extraño cruce de caminos, al anochecer. Sentía el miedo propio de un chiquillo que se hubiera perdido tras despistarse. Entonces empezaba a vislumbrar a lo lejos a un grupo de gente que se acercaba. Le calmaba la idea de no estar solo en aquella encrucijada, pero cuando las figuras se acercaban comprobaba horrorizado que eran una especie de esqueletos sangrantes que, apenados, miraban hacia él con unas cuencas vacías y una sonrisa sin labios.

   En ese punto se había desvelado, así que poco después, cuando todo esfuerzo por volver a conciliar el sueño fue en vano, se encontró ante el espejo de encima del lavabo intentando reconocerse a sí mismo e hizo que un chorro de agua surcara las arrugas de sus manos.

    A través del espejo la vio, estaba detrás de él, seguramente se había levantado también preocupada. Llevaba su bata azul estampada con margaritas blancas, el pelo oscuro que le caía por la frente dejaba ver unos ojos infinitamente tristes. La palidez de su rostro acentuaba todavía más la expresión de pena. Pero él la adoraba.

   Ya no quiso volver a acostarse, se sentó en el sofá y ella en una extraña mecedora heredada de algún pariente tan lejano que nadie lo recordaba. Así podían pasar horas, con la única compañía del uno con el otro. Lo hablaban todo sin cruzar palabra, sin apenas mirarse.  Las ideas cruzaban el aire que los separaba y se asimilaban sin más.

    Tanto compartían que uno estaba en el otro y ni la muerte los había separado.

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