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Estrellas azules de mar

El día que supo quién era

   Un día se dio cuenta de que la felicidad no existía.

Siempre había sospechado que sólo era un idealismo, pero los últimos acontecimientos lo habían confirmado. Tenía todo lo que siempre había querido: un marido, un trabajo, una casa, un perro… incluso viajaba a menudo y solía darse algunos lujos, pero nada era como había imaginado ni planeado en la soledad de su habitación durante años desde la ignorancia adolescente. A veces pensaba que era más feliz cuando lo deseaba que ahora que lo tenía. Quizá en el fondo le movía el romanticismo, le motivaba lo platónico que si se alcanzaba dejaba de interesar. Entonces lo vio claro: le había perdido la ambición. Recordaba con frecuencia cuando conoció a quien, por entonces, era su pareja. Los comienzos no habían sido fáciles, pero poco a poco, con la certeza de que se querían apasionadamente y contra todo pronóstico, habían ganado confianza y seguridad. Tanta, que en relativamente poco tiempo llegaron a casarse. Durante mucho tiempo había intentado superarse cada día, pero acabó perdiendo la ilusión, pensando que nadie era capaz de reconocer los pequeños detalles que para ella suponían un esfuerzo titánico. Con el tiempo sus ganas de cambiar se disiparon y acabó como acaban todas las mujeres: dejando de prestar interés y gorda. La magia fue desapareciendo furtivamente hasta el punto de que a veces eran dos cuerpos enfrentándose, o aún peor, ignorándose.

    Precisamente lo había conocido a raíz de su primer trabajo. Aún se le removía algo por dentro cuando recordaba a su jefe: un hombre que apestaba a tabaco, orgulloso y engreído, que no soportaba que nadie cuestionase su forma de hacer. le había enseñado las más enrevesadas tácticas para triunfar, eso sí, a un alto precio. Por aquel entonces comenzaba lo que ella consideraría la caída en picado de su vida. Necesitaba el dinero, pero ganar suficiente suponía renunciar a estudiar, salir, viajar y poco a poco se alejó también de su familia y de sus amigos que ya nunca más volverían. De aquella no ganaba demasiado aunque pasaba gran parte del día ocupándose de sus negocios, pero fue suficiente para poder ir invirtiéndolo en otros proyectos que a la larga dieron su fruto. Aquel cosquilleo que sentía cuando salía airosa de sus primeros coqueteos comerciales, se habían convertido en una rutina que ya se daba por supuesta.

   Por aquel entonces no tenía vehículo propio, y casi a diario cruzaba a pie por el barrio más lujoso de la ciudad. No podía evitar mirar aquellas ventanas por las que asomaban coloridas cortinas, algunas de las terrazas eran más grandes que la casa donde se había criado. Era su más ambicioso capricho: vivir allí para contemplar la inmensidad del mar desde el sofá del salón. Y subiendo escalones, con muchos años de trabajo y esfuerzo lo había conseguido.

   Y así fueron mejorando todos los aspectos de su vida.

Pero una vez más, al cabo de un tiempo, vio su casa como podía ser cualquier otra. “Hubiera gastado menos dinero comprándola en cualquier otro emplazamiento  y habría sido igual de feliz”.

Feliz. Quizá aquello tampoco estuviese tan mal. Veía su esfuerzo recompensado en todos los aspectos, pero la mayoría de las cosas que había conseguido no le habían mejorado nada anímicamente. Tantos años de trabajo incansable sólo habían servido para agotarle la energía de la juventud. Debía haberla gastado en las personas de su alrededor en vez de pensar siempre en ella misma. Años después aún recordaba a aquellos amigos, que en su cabeza seguían siendo niños, aconsejándole que no fuera tan “cabra loca”. Y su madre, de la que no había vuelto a ser capaz de hablar sin verse envuelta en un baño de lágrimas desde el lluvioso Viernes en que la vio descendiendo bajo tierra para no volver. A ella sí que la echaba de menos, especialmente la forma que tenía de regañarla con dulzura, saliéndose siempre con la suya, como sólo hace una Madre. Aunque buscara otras excusas, aquella fue la única razón que tuvo para dejarlos a todos. Después de ella, nadie le importaba, podría con cualquier cosa. Después, no volvería a ser la misma.

   Oyó la puerta y salió de sus reflexiones. Era su marido. Sabía al pie de la letra lo que iba a hacer: Colgar la chaqueta tras la puerta y dedicarle una mirada desganada como saludo, posar la abultada carpeta sobre el escritorio, entrar en el lavabo y salir a los 5 minutos secándose las manos, creyendo ser el hombre más poderoso del mundo .

   Comenzaba la guerra fría.

1 comentario

Lucrecia -

Ufff que historia tan increible y real, me has hecho llorar, te lo juro, xq he vivido algo similar.Las escrito tu? Tienes messenger? Me podrias ayudar a escribir de vez en cuando algunas cosas, xq yo soy nula, jeje. Un beso, sigue asi.